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Pruvia, Llanera, 1987



Comenzamos estas historias vividas en 1897, un año lleno de acontecimientos, noticias, novedades y visitas insignes, que vuelven a colocar en el protagonismo de la actualidad la reconstrucción del Puerto de El Musel (Gijón), a pesar de que las obras han concluido dos años antes. La complejidad de esta ampliación y su envergadura propician un evento oficial por todo lo alto.

Foto antigüaSu majestad, el rey Alfonso XIII, no había tenido oportunidad, hasta entonces, de personarse en las dependencias portuarias, por lo que encuentra mas que apropiada una visita oficial, compaginada con un recorrido por buena parte de la geografía nacional. La casa real prepara su viaje y la noticia de su llegada a El Musel corre de boca en boca.

Meses antes, Matilde Díaz y Jesús Fernández, un joven matrimonio originario de Sama de Langreo, han llegado a Pruvia desde La Habana, ciudad en la que han vivido y trabajado, como otros muchos asturianos emigrados en busca de un mejor porvenir. En la isla del Caribe han vivido horas dichosas y momentos difíciles. El peor de ellos es soportar la enfermedad de uno de sus hijos que, finalmente, fallece.

La tristeza por la perdida del muchacho provoca que Jesús y Matilde decidan hacer las maletas y volver al continente, a su tierra. En el concejo de Llanera han encontrado un lugar apartado, pero bien situado, al lado de la carretera que va de Oviedo a Gijón. Los  dos hacen cabalas antes de decidirse, porque ahí es donde van a llevar acabo su proyecto de vida; un proyecto que va a cambiar su futuro y, aun mas, lo va a hacer en breve.

Matilde y Jesús terminan los arreglos de la vieja casona, que han acomodado para ofrecer comidas al viajero y,  a la vez, vender género en una tienda mixta, al uso de la época. El negocio ya esta listo para ser abierto, cuando Jesús se entera de que el monarca va a cruzar tierras asturianas, mejor aun, de que tienen previsto hacerlo por "su" carretera.

Tal acontecimiento no puede llegar en mejor momento y, si faltaba algún detalle, la pareja se apura a disponer comedor y viandas de primera. Además, Jesús quiere hacer algo que impacte al rey, para que no pase delante de su casa de comidas sin saber que ahí hay unos asturianos decididos a ofrecer lo mejor de la tierra. Lleva a la práctica su idea, no sin el asombro de Matilde y la familia que le acompaña y, muchos menos, de sus vecinos.

Por insólito que parezca, Jesús construye-con la ayuda de todos-un arco que cruza de parte a parte la carretera, frente  a su negocio, y cuelga de la arcada cuantos jamones serranos, bien curados, ha sido capaz de reunir.

Y la idea funciona, por que, cuando Alfonso XIII se encuentra a escasos metros del arco enjamonado, no puede menos que exclamar: ¡hombre, la venta del jamón! Esto parece jauja, donde se come y no se trabaja!

Desde ese día y hasta hoy, el lugar se llama La Venta del Jamón; un establecimiento que, tiene el honor de ser de los más antiguos del concejo que permanece abierto y que, a pesar de las reformas, no han perdido un ápice de encanto, ni de la calidad en el trato o en el producto que ofrecen.

Pero queda mucho por recorrer desde esa mítica jornada real que da nombre al lugar, por que a partir de entonces los días de trabajo se suceden. Arden las brasas en los fogones caseros de la cocina familiar que atiende Matilde; las mesas están dispuestas para cuantos llamen a la puerta. Unos están de paso para tratos y negocios en Oviedo o en Gijón; otros recalan con gusto a degustar los guisos asturianos bien aderezados con sidra natural, de cosecha propia.

La venta del jamón es un nombre que cosecha popularidad, porque además de un buen plato ofrece cama al viajero y cobijo cuando afuera llueve. La familia Fernández sabe lo mucho que se agradece compartir el calor de un hogar, una agradable sensación  que atenúa el frío invierno y reúne ante el fuego a toda la familia y a ese grupo de huéspedes que, en ocasiones, también son parte de ella.

Foto barraCon la experiencia acumulada en Cuba, poco tardan Matilde y Jesús en hacerse con una clientela fija y fiel a sus manteles. Además, la tienda mixta abastece a los vecinos de la zona de productos que no dan las huertas. Es, como otras tiendas mixtas, una mezcla multicolor, en la que se encuentran desde calcetines a enseres de costura. Todos arriman el hombro y colaboran en las tareas, que son muchas, para mantener el establecimiento y aumentar la reputación.

Unas veces, parada de carruajes y descanso de pasajeros y caballerías; otras, para reponer fuerzas en el reparto del correo, entregar la mercancía y los encargos o como fin de viaje de algún visitante; lo cierto  es que la venta del jamón se consolida, poco a poco, entre los negocios de hostelería.

Sin embargo, en este ajetreado día a día acontece un triste suceso. Jesús fallece a los cincuenta y un años y Matilde enferma de gravedad. En unos meses la familia se ve azotada por la tristeza a la que, no obstante, no pueden sucumbir. Es concha, la hija del matrimonio Fernández, la que hace acopio de toda la fuerza que es capaz de reunir y continúa con la venta del jamón.

Corre el año 1934, año de revueltas y desencuentros en Asturias.Es el año que nunca van a olvidar las memorias asturianas, ni la historia española, cuando concha Fernández ha ampliado los servicios del establecimiento. Ahora, junto con la fonda y comedor, hay baile, ofrece banquetes de boda y ha colocado un surtidor de gasolina en la entrada, para abastecer a los automóviles y coches de línea que surcan la carretera.

Sus platos, la fabada, los centollos rellenos y el pitu al chocolate, han alcanzado renombre en la comarca. La cocina de la venta del jamón solo admite la mejor materia prima, que recibe a diario y elabora con esmero. Los días son jornadas inquietas y difíciles. Asturias  se resiente de la escasez de alimentos y hay zonas en las que hace mella el hambre. 1934 trae una revolución que va a cambiar algunos modos en el principado.

Las huelgas y las detenciones, la inestabilidad política y la crisis que conlleva en las economías familiares generan el saqueo continuado de las bodegas y despensas que, tan primorosamente, mantiene concha. La situación hace pasar a los Fernández momentos críticos. Incluso, por primera vez, temen que esta adversidad lleve al cierre del establecimiento.

A las puertas de los peores augurios, ruge una calamidad peor aun: la guerra civil española. Los años de contienda que llevan a la necesidad, a nutrirse con lo mínimo. Solo el estraperlo palia, con alto coste, esa realidad donde no hay casi de nada, más allá del hambre y la necesidad. Más castigado que ningún otro territorio, Asturias lucha contra los golpistas y contra los imponderables que supone salir adelante.

A concha se le pone la vida cuesta arriba de nuevo y, como en ocasiones anteriores, tienen que hacer acopio de fuerza, tesón, disciplina y fe en su empresa, para no dejarse arrastrar al cierre. La familia empuja hacia un horizonte incierto entonces, pero que, poco a poco, va a volver a ver la luz. Si, los días claros vuelven a la venta del jamón, aunque para verlos, hay que alcanzarlos.

Los cambios afectan a muchos. Concha opta por reformar la casona y convertirla en restaurante especializado en comida casera elaborada. El ultimo lustro se ha llevado mucho trabajo vertido entre estas paredes; empeño, que no ha podido barrer la reputación que precede al lugar. Con los días, los clientes retornan a este comedor acogedor, donde la fabada es un arte y las carnes se presentan con mimo. La huerta tradicional asturiana alcanza aquí una eclosión de sabores comunes, afines, reconocidos y exquisitos.

Tiempos de posguerra. Resurgir. Silencios en los pasillos. Alboroto en el comedor y movimiento de pucheros en la cocina. El continuo subir y bajar, aderezar, sazonar, preparar, adobar, cocer y salpicar hace pasar las hojas del viejo almanaque clavado a la pared, como si los días fueran un soplo que se lleva el frío invierno, para devolver a la tierra una nueva primavera… y así, de estación en estación, hasta las celebraciones han recobrado su esplendor: bodas, bautizos, aniversarios, son acontecimientos que gusta compartir en la venta del jamón, ante la que un día, su majestad Alfonso XIII quedo realmente boquiabierto.

En 1989 concha se jubila. Ha dirigido este legendario restaurante durante 45 años sin descanso. Ha recorrido tantos kilómetros sin salir de su casa, que, probablemente, si no es un record, desde luego se puede anotar una buena marca. Y, así Concha Fernández pasa el testigo del buen hacer y el buen cocinar a su nieto Amado Alonso Hevia (Pruvia, 1969). Mujer emprendedora y generosa, ha compartido en los últimos años sus secretos culinarios con este joven, que se ha criado entre las faldas de su madre y el olor a ollas hirviendo.

Amado, que saca la raza que los intrépidos Fernández han demostrado tener desde finales del siglo XIX, tenia veinte años y veinte millones de ideas para darle un nuevo giro a la venta del jamón. Inquieto, curioso, trabajador dinámico, pone su ingenio a disposición de un nuevo milenio que, además, para la venta del jamón es el tercer siglo que pisa.

Tanta historia en el currículo del restaurante, que frecuentan afamados literatos, políticos insignes, historiadores, pintores y poetas y esta clase que se extiende y se afianza de profesionales liberales; pues bien, tanta historia en las paredes no asusta a la cuarta generación de la venta del jamón.

Un siglo después de comenzar el sueño de Matilde y Jesús, Amado Alonso Hevia expande el nombre y la vertebrada reputación de una familia de hosteleros. Agranda y juega con las centenarias recetas, para servir con las centenarias recetas, para servir con el mismo esmero que sus bisabuelos platos sin secretos, como lo son los buenos guisos.

Una carta elaborada y creativa, una presentación prodigiosa, un servicio atento y su saber hacer han cosechado grandes distinciones para este restaurante y  para sus directores. Entre los record que ostenta esta el de anotar su nombre y apellidos entre los ciento trece restaurantes centenarios de España y ser uno de los siete primeros en sobrepasar el siglo de existencia en Asturias.

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